Aprender en sincronía: volver a lo orgánico, a lo natural

La sincronía no es una técnica, es una forma de estar en el mundo. Desde el cuerpo, el juego y la experiencia, los saberes se entrelazan sin compartimentos estancos, en Wunjo proponemos volver a la organicidad como modo de aprendizaje, para que infancias, familias y guías puedan habitar el conocimiento.

En la columna anterior, “Si movemos el pizarrón, movemos el eje del aula, compartí algunas ideas sobre cómo transformar el espacio escolar desde una mirada que habilite, que confíe, que escuche. 

Hablamos de romper con la centralidad del pizarrón y del pupitre del docente, para pensar el aula como un territorio vivo, donde las infancias puedan investigar, proponer y marcar sus propios rumbos de aprendizaje.

Hoy quiero detenerme en una dimensión que aparece en un aula libre: la sincronía, esa trama que conecta saberes, cuerpos, emociones y contextos, y que requiere una disciplina distinta, más sensible, más presente. Porque cuando el guía deja de comandar y empieza a acompañar, surge una pregunta inevitable: ¿cómo hacer para ver realmente las conexiones que hay en el aula?

Quiero primero recordar que la sincronía es lo natural: todos somos seres sincrónicos y no debería vivirse como un esfuerzo, sino como un retorno a una forma de estar en el mundo. Para que eso ocurra, no se puede exigir sin ofrecer herramientas que nos ayuden a recordar (a los adultos) cómo volver a ser seres en sincronía.

También traigo un situación de la que hablábamos en la columna anterior: la articulación entre temas y materias que hoy propone la escuela tradicional, que me parece que es una intuición válida, ya que el conocimiento no tiene por qué estar fragmentado. Pero creo que si no se llega a una sincronía real, esa intuición queda incompleta.

Recalco, para que quede claro, esta cuestión que aparece en la escuela tradicional de juntar materias, es más bien una articulación, lo que sería como una bisagra: tiene un punto en común desde el cual algo se mueve, pero tiene esas dos partes diferenciadas y distanciadas. 

La sincronía, en cambio, tiene más que ver con un telar, entramar, hilar, para ponerlo en términos gráficos. Lo sincrónico es una conexión natural que existe entre temáticas y formas de observación del mundo y no necesariamente aparece desde el aprendizaje formal, sino más bien en el territorio del aprendizaje experiencial y de la curiosidad de cada infancia.

Es por ello, que la teoría del aprendizaje sincrónico propone volver a un modo de aprendizaje que nos conecte. Desde mi profesión y mi experiencia en Instituto Wunjo, junto a los guías trabajamos esta teoría como parte de la enseñanza y aprendizaje comunitario que brindamos, por ser una escuela arteterapéutica basada en lo jungniano.

Lo que buscamos es cuidar que el ser no se desintegre, que se piense como un todo dentro de lo que es el sistema que habita, y no como un ser con una parte especializada y con otra parte que carece de conocimientos o habilidades.

Me explico: existe esta creencia de que hay naturalezas que responden a las ciencias frías (por así decirlo) y otras a las ciencias más humanísticas, a lo deportivo o a lo artístico, nos va subdividiendo en estereotipos humanos. Y esos estereotipos hacen que nos vayamos escindiendo, acorde a lo que se espera de cada uno.

Esto, desde lo psicológico, es sumamente enfermante, porque además tendemos a mirar con ojos de diferenciación, y a veces con una melancolía que no sabemos de dónde viene: es grave que yo no me pueda pensar integralmente.

De esta manera, consideramos que es importante para la educación del niño reconocer que puede ser muy competitivo jugando al vóley y, al mismo tiempo, explorar el color, la pintura, porque una cosa no va en detrimento de la otra.

Por ejemplo, es común en nuestro país que los varones que juegan bien al fútbol queden, por decirlo de algún modo, atados a esa posibilidad. Y su familia, totalmente obsesionados con que lleguen a ser exitosos en el fútbol, empieza a modificar el carácter de ese niño de tal manera que hasta le cuesta admitir que le gusta cantar o dibujar. Porque esas disciplinas están vistas como polares, y ese niño se lo va a reprimir.

Esto también tiene que ver con lo que Jung llama anima y animus: dos energías, una más activa y otra más pasiva, que pueden ser de defensa o de auto vulnerabilización. Si hay una identificación con una de ellas, la otra queda a la sombra y de esta manera quedamos totalmente particionados. 

Trabajar las sincronías entre docentes

Supongamos que nos proponemos una investigación sincrónica entre una maestra del aula y un profesor de educación física. No se trata de que, de vez en cuando, el profesor enseñe anatomía a los niños, ni que la maestra explique cómo funciona la física del cuerpo, porque no es simplemente atravesar un conocimiento con otro.

La idea sería que el profesor de educación física se compenetre con la poética del aula, y que esa poética se impregne de la función física de jugar un partido. Es algo mucho más profundo. Pero siempre llegamos al mismo punto: los docentes tienen 40 pibes y nada de tiempo pago para reunirse a trabajar. 

La sincronía todavía no está siendo vista en profundidad, no se contempla la cantidad de laburo que implica acceder a esa mirada, ya que nos corremos hacia otra forma de mirar el mundo, y eso no es tan simple.

Entonces, lo que estoy proponiendo parece casi un milagro: que se capacite a los docentes o que tengan espacios de diálogo para investigar en conjunto cómo hacer esta sincronía, cuál es su rol en el encuentro del aula, y que reconozcan que están parados en el mismo lugar como miembros de la humanidad. Suena loco pensarlo sin un Estado que reconozca esas horas de aprendizaje comunitario.

En este caso, Wunjo trabaja tratando de que sus guías (no somos maestros ni docentes) tengan primero la mirada impregnada de lo sincrónico, lo cual representa un enorme laburo porque incluye la escucha activa, la observación del aula, de los intereses individuales y reconocer los hilos que se entrelazan las niñeces cuando impulsan sus necesidades de aprendizajes.

Poniendo en práctica la sincronía

Un ejemplo que les puedo traer es el de los niños trabajando en asamblea, en ronda. Queremos ver de qué se trata fraccionar, entonces dibujamos en el suelo distintos tipos de geometrías, modos de dividir el círculo, y en esas geometrías jugamos a una especie de rayuela.

Ahí ingresa el ritmo, la mirada del otro, lo lúdico pleno. A partir de eso, hacemos mandalas con medidas y formas geométricas, los dibujamos en hojas que nos sirven de guía para luego trabajarlos en lo textil, creando mandalas con distintos colores y texturas. Desde esos tejidos, empezamos entre todos a generar un cuento.

La historia puede tener que ver con una abuela de nuestra Patagonia que se dedica a hacer mantas para los niños. Y si surge la palabra Patagonia (porque algún niño fue), empezamos a trabajar con distintas zonas, cómo son sus paisajes y quiénes fueron los primeros pueblos que la habitaron.

Esto que parece un ejemplo, en nuestra Escuela es una realidad. Creamos un recorrido natural que hilvana el guía junto con los niños y niñas. Es como ir mirando por dónde vamos e indagando el camino y el paisaje.

Y en ese caso, los niños ya vieron cómo relatar un cuento fantástico, cómo son los paisajes patagónicos, por qué se necesita una colcha, cómo son las temperaturas, cómo eran los pueblos que la habitaron y habitan, qué relación tenían con lo textil, cómo son las matemáticas y las fracciones. Todo eso está dentro de un mismo recorrido, por así decirlo.

Lo mismo pasa con las familias, que muchas veces en las reuniones comunitarias están esperando títulos de lo aprendido (porque estamos pensando en materias, especialidades, sectores) y creemos que dentro de un juego, un cuento o un mandala no hay actividad intelectual. Pero sí la hay, y mucha, desde un lugar donde los dos hemisferios trabajan juntos.

Lo que estamos haciendo ahora con los más grandes, a partir de cuarto grado en adelante, es proponerles todos los viernes hacer una bitácora dedicada al papá y a la mamá. Porque tienen otra forma de conceptualizar las cosas y necesitan la traducción. Hace falta escucha activa en las familias y en las escuelas para entender los aprendizajes sincrónicos.

Entonces, aquí me surge una pregunta: ¿cómo se acompaña a guías, adultos y familias que están desacostumbrados a esta mirada sincrónica? Lo cierto es que aquello que el cuerpo no vive es un concepto muerto en la cabeza.

Por eso, en general, invitamos a nuestros talleres pedagógicos a los papás y a las mamás. Aunque siempre nos atraviesa el tema del tiempo: la familia no logra involucrarse en la educación porque los adultos están afuera corriendo el mango. Muchas familias no pueden acceder a nuestros talleres, que es donde pasamos por el cuerpo lo sincrónico (esto es lo básico).

Para esos casos, podemos apelar a juegos simbólicos. Yo preparo unas fichas para que el adulto pueda empezar a trabajar la sincronía y después probar qué pasa con sus hijos (o alumnos, digamos).

En estas fichas propongo, por ejemplo, ir a ver un río e imaginar cómo se ve desde el cielo, qué forma tiene. Esa forma, que es curva, cómo se podría diferenciar de las calles que son rectas, y armar una combinación gráfica entre calles y el río.

Luego imaginar cómo era esto antes de que existieran las calles, pensar en un pueblo que vivía a orillas del río, qué tipo de comunicación tenía el río, qué tipo de comunicación tenemos ahora cuando pasamos por arriba en un puente con un colectivo. Comparar estos dos tipos de sociedades y después elaborar un cuento de un niño o de una mujer con un hombre que hace un salto en el tiempo, desaparecen todos los edificios y se encuentra con el río a solas, sin calles ni veredas.

En esas fichitas donde propongo este tipo de cosas hay una invitación al cuerpo a entrar en estos otros ritmos. Porque cuando habilitamos la sincronía, algo se acomoda. No es una fórmula, es una forma de mirar. Y esa mirada requiere tiempo, presencia, escucha activa. Cuando dejamos de pensar en compartimentos estancos, empezamos a ver que todo está entrelazado. Que el niño que canta también puede ser el que juega al fútbol. Que el adulto que enseña también puede aprender. Que el cuerpo también piensa. Que el pensamiento también baila. Creo que de eso se trata lo sincrónico: de volver a la organicidad como modo de aprendizaje.

Si movemos el pizarrón, movemos el eje del aula – AULA ABIERTA

Introducir pedagogías diversas en el aula no es un sueño lejano: no se trata de romper estructuras, sino de reorientarlas. Es una posibilidad concreta que se construye sobre cuatro pilares: el vínculo con las familias, la autonomía en el espacio, el aprendizaje entre pares y la sincronicidad como trama viva del saber.

Por Cristina Vitale*

Luego de mi primera columna “Aislados en las Escuelas”, surgió una duda: si es una utopía acercar modalidades pedagógicas de diferentes características al aula tradicional. Desde mi punto de vista, uno de los pocos elementos que realmente tensiona esta perspectiva utópica es la cantidad de niños y niñas acumulados en un aula con un solo referente adulto. 

He escuchado a docentes decir que las técnicas de la pedagogía P.I.L.D (Programa de investigación el León Dormido, fusión de los métodos Pesta y Montessori, con la adaptación a Latinoamérica que realizaron Mauricio y Rebeca Wild) representan un horizonte deseable y posible

Sin embargo, cuando ese deseo de cambiar la modalidad del aula o las formas de enseñanza, se enfrenta a la realidad de múltiples individualidades atravesadas por emociones diversas, el intento de abordarlas desde una sola figura adulta se vuelve casi imposible. 

A esto se suma la constante exigencia de sostener muchos temas, bajo un orden específico de una currícula que no siempre responde a un ritmo natural. Y esto se convierte en una presión que desdibuja el sentido profundo de educar.

Pero consideremos que un grupo no es un amuchamiento dentro de un aula: es una forma interrelacional consciente. Retomo lo que planteé en la primera columna: en Córdoba existe una posibilidad maravillosa, casi única, de articular la diversidad de universidades y carreras con los espacios educativos de la infancia. 

Esa transversalidad entre saberes y edades podría transformar radicalmente la experiencia escolar, si se la pensara como una estrategia de encuentro. Un docente podría ser acompañado por personas capacitadas por nuestras universidades, que estén en los años finales de las carreras y necesiten prácticas concretas.

Lo esencial es romper con la idea de que el aula es un espacio masivo donde todos deben prestar atención a lo mismo, porque esa es la gran estructura dominante. Pero un aula puede ser otra cosa: un territorio de pequeños grupos investigando temas diversos, que luego se conectan en la Asamblea. 

Sí, entiendo que en las escuelas del Estado, con la cantidad de niños por aula, esto parece complejo. Pero no lo sería si sumáramos a esos adultos idóneos, educados por las universidad, para que acompañen, que miren con atención, que subjetiven las niñeces en lugar de estandarizarlas.

«Consideremos que un grupo no es un amuchamiento dentro de un aula: es una forma interrelacional consciente»

La verdad es que…

No sé cómo se desarma una estructura rígida para convertirla en un entorno donde las paredes sean estanterías vivas, llenas de materiales que los niños puedan tocar, oler, explorar libremente. 

No sé cómo se pasa de paredes cubiertas de papeles pegados con consignas estáticas, con cartulinas hechas por adultos, para convertirlas en ofertas concretas y reales de investigación y participación de las propias infancias. 

No sé si un maestro tendrá la libertad de transformar su aula en cuanto a la estructuración del espacio, como eran las aulas del preescolar, donde tienen rincones: la casita, la zona de descanso, estanterías a mano, almohadones, canastos para buscar cosas.

A ver, creo que una de las claves está justamente en este último punto: en transformar esas geografías áulicas desde una mirada que habilite, que confíe, que escuche, pero para eso necesitamos poder dialogar con quienes piensan la educación y toman decisiones desde más arriba, desde la política pública. 

Y parte de esa transformación es cambiar el centro del aula, que sigue siendo el pizarrón, el pupitre principal del docente delante de todas las miradas. Mientras que en un entorno preparado, donde se le brinda confianza al niño, este puede decir “¿A dónde voy hoy? ¿Qué quiero proponer?” y empezar a marcar un rumbo de su propio aprendizaje.

Y ahí aparece la verdadera coordinación: no en comandar, sino en acompañar. Porque la consecuencia de comandar es que después sufrimos la libertad. ¿O acaso no nos sucede, incluso a los adultos, que sin una consigna clara, sin un marco que habilite, la libertad de investigar, aprender y comprender, se vuelve agobiante?

Y entonces buscamos a alguien que dirija, que ordene, que nos diga qué hacer. Creo que la autonomía (esa palabra tan ajena en muchas aulas), es el corazón de una educación que respeta, que habilita, que transforma.

FORTALECER LOS PILARES

En estos días de crisis, nos encontramos con dos extremos reflejados en: escuelas que logran abarcar la currícula completa, mientras otras se ven obligadas a abandonarla para dedicarse a contener las problemáticas emocionales de sus estudiantes, afectados por la realidad que enfrentan sus familias, lo que supera cualquier planificación académica. 

Y aunque parecen extremos opuestos, en realidad revelan una misma necesidad: todo niño y niña necesita acceder a la currícula, pero también necesita que esa currícula se adapte a sus necesidades intelectuales, emocionales y sistémicas. No se trata de elegir entre enseñar o cuidar, sino de integrar ambas dimensiones.

Ahí es donde la pedagogía PILD ofrece una posibilidad concreta, desde sus cuatro pilares que permiten entrelazar extremos y construir una propuesta educativa que no renuncie ni a la formación académica ni al acompañamiento emocional. 

«Creo que la autonomía es el corazón de una educación que respeta, que habilita, que transforma».

Estos pilares tienen aspectos del P.I.L.D de Ecuador de Rebeca y Mauricio Wild y otros creados desde la educación activa de Instituto Wunjo, y que también compartimos en nuestro Seminario Pedagógico con docentes, psicopedagogos, artistas, familias y personal de salud mental. 

Primer Pilar. Es la presencia activa de la familia, ya sean padres, madres y/o quien esté como cuidador de la infancia. Si no está este factor principal, no podemos hacer educación activa. Entonces la comunidad educativa está formada por la familia, guías, profesionales, quienes trabajan transversalmente, reflexionando acerca de la pedagogía y la educación. A esto también se suma la participación de las infancias y adolescencias.

Segundo Pilar. Es necesario que los espacios estén preparados a la altura de los niños, para que puedan buscar elementos y encontrar los estímulos necesarios. Ya sea material concreto estructurado (vinculado con Montessori y el uso de juegos para llegar a los aprendizajes) y/o material concreto desestructurado (relacionado con el arteterapia: la construcción a partir de elementos de la naturaleza y del arte). 

Todo lo necesario para aprender tiene que estar a mano. Los niños no pueden depender de que el guía saque los materiales de un armario. Es básico en esta educación que el niño sepa que allá están las herramientas que necesita para investigar, crear, hacer arte, estudiar, aprender.

La idea es que no se vuelvan dependientes de la administración adulta de los materiales. Si eso ocurre, se generan problemáticas vinculadas a la autonomía. Mientras que el pizarrón y el escritorio del docente, en las aulas tradicionales, centralizan el espacio, en el P.I.L.D, el guía prepara el aula para que las zonas, mesas, sillas, sean móviles. La geografía del aula se estructura orgánicamente todo el tiempo.

Tercer Pilar. La Asamblea es un lugar esencial pedagógico donde se mira lo emocional en forma profunda, pero también donde se reconoce que la pedagogía es transversal y entre pares.

En las Asambleas de los niños se comparten descubrimientos y se enseñan unos a otros. Lo importante es que ese intercambio no ocurra a escondidas, como contravención, que no sea a la sombra.

Lo que postulamos es que la transversalidad esté en el centro, no el pizarrón o el pupitre del docente. El objetivo es que los niños puedan pasarse saberes con liviandad, como parte de la tarea escolar y que el encuentro entre pares sea también un espacio legítimo de aprendizaje.

Cuarto Pilar. Es la sincronicidad del aprendizaje, que busca evitar (o al menos intentar) la fragmentación del ser. Esta mirada, más cercana a la jungniana, propone que el conocimiento interpele al sujeto sin quedar atrapado en compartimentos estancos.

Entonces, a mí me puede interesar la biología y dentro de la biología entender la geometría y dentro de la geometría crear un poema y no es necesario pensar las materias como cajas separadas.

Cuando el conocimiento se estanca, surgen creencias limitantes: “Soy bueno en matemáticas, entonces soy malo en lengua”, o “como tengo mala memoria, soy bueno en gimnasia”. La sincronicidad rompe esas dicotomías y permite que el aprendizaje fluya como una trama viva, donde cada saber convoca al siguiente.

Concluyendo con la idea de los cuatro pilares, no es una fórmula mágica, pero sí una arquitectura flexible que puede sostener la diversidad sin perder profundidad. La clave está en cómo se articulan los contenidos, en cómo se habilita la escucha, en cómo se reconoce que el orden de una currícula no siempre es lineal, y que la educación puede ser sincrónica sin dejar de lado la currícula.

Parte de esta estructura tiene que ver, también con la sincronicidad, que es una cosmovisión que permite educar generando encuentros significativos entre saberes, emociones, la experiencia y los contextos. Y en ese cruce, la pedagogía PILD no es una utopía lejana, sino una posibilidad concreta que merece ser explorada con compromiso.

La sincronía para entramar

Después de soltar el control del aula, sigue otra forma de disciplina: la de buscar las sincronicidades, que es una tarea profunda del guía y que requiere sensibilidad y presencia. Y surge la pregunta de muchos docentes: ¿cómo hacer para ver realmente las conexiones que hay en el aula?

La verdad es que la sincronía no es ajena a la escuela tradicional. Actualmente me comentan colegas que hay intentos de acercamiento, como la articulación entre materias y temas. Pero cuando se exige desde arriba, como una consigna más y sin capacitación o profundización, se vuelve artificial. 

Justamente, en el último Seminario Pedagógico de Wunjo, varios docentes contaron que se les pedía unir asignaturas (plástica con lengua, historia con matemática) y que eso les generaba presión y profundizaba la sensación de lo artificial.

Pero la sincronía es lo natural: todos somos seres sincrónicos y no debería vivirse como un esfuerzo, sino como un retorno a una forma de estar en el mundo. Para que eso ocurra, no se puede exigir sin ofrecer herramientas que nos ayuden a recordar (a los adultos) cómo volver a ser seres en sincronía.

Destaco nuevamente, que la articulación entre temas y materias es una intuición válida, ya que el conocimiento no tiene por qué estar fragmentado. Pero si no se llega a una sincronía real, esa intuición queda incompleta. 

La verdadera sincronía aparece cuando el guía (o docente) logra ver las conexiones entre los intereses genuinos de los niños. El que ama las tablas, el que canta, el que se expresa con colores. ¿Cómo se entrelazan esos ritmos, esas formas de aprender?

«La sincronicidad es una cosmovisión que permite educar generando encuentros significativos entre saberes, emociones, la experiencia y los contextos».

Esa es la pregunta. Y la respuesta no está en un manual, sino en la mirada atenta del guía, que cultiva la disciplina de volver a encontrar esas conexiones. Porque vivimos en una sociedad que fragmenta los aprendizajes, que separa roles, saberes, vínculos. Y aunque hay fragmentaciones saludables, también hay otras que enferman.

El trabajo del guía es interno, disciplinado, casi filosófico: es ver los hilos invisibles que atraviesan el aula y ayudar a que se presentifiquen (es decir, que pasen a la conciencia). Desde ahí puede emerger un cooperativismo genuino, nacido de la semilla que cada niño trae consigo.

Antes de finalizar, quiero volver brevemente al vínculo con el Estado y la posibilidad de acercar estas metodologías de la pedagogía P.I.L.D al aula tradicional y destacar que hay tres claves que podrían empezar a abrir caminos:

  • Ampliar la presencia de cuerpos adultos en el aula, que colaboren desde sus distintas miradas y saberes.
  • Repensar la espacialidad aúlica y preguntarnos hasta dónde somos autónomos para transformarla.
  • Asumir el aprendizaje como una sincronía vital, que requiere una mirada filosófica, tiempo y profundidad.

Cierro este texto destacando que es importante comprender que la sincronía no se impone; se cultiva. No nace de juntar cátedras por decreto, ni de crear clases especiales por sistema. Es paradojal que se presione para lograr algo que debería emerger espontáneamente. 

La sincronía, los pilares, las propuestas que dejo en este texto son posibles, son aplicables. Debemos dialogar entre pedagogías para proponer una educación autónoma y activa. Viva, al fin y al cabo.

*Coordinadora General de Wunjo – Docente, Teatrera, Terapeuta


Aislados en las escuelas – AULA ABIERTA

Hace unas semanas se realizaron en Córdoba las Jornadas Docentes y hubo escuelas que pudieron organizar mini-congresos y espacios de diálogo, para poner sobre los pupitres varias problemáticas comunes en las distintas aulas.

Por Cristina Vitale*

Por las aulas de una escuela de la periferia de Córdoba Capital, estuvimos junto al equipo de Wunjo, dialogando con docentes y compartiendo nuestras experiencias desde la rama educativa Pesta, nuestras metodologías, aciertos y errores.

Y entre las temáticas que escuchamos apareció una que nos conmocionó a todas las personas presentes: en las aulas de las escuelas de Córdoba quienes hacen docencia sufren el aislamiento, la soledad, ante las problemáticas que se presentan y que desbordan.

Duele, sobre todo, la impotencia de encontrarse frente a veinte o cuarenta seres únicos y no poder darles respuestas a aquello que les hace tan particulares. Es difícil reconocer individualidades, necesidades, contexto e, incluso, oportunidades.

Entonces el Congreso de las Jornadas Docentes se sintió como un momento de aire, de respiro, porque se reconocían entre pares en las mismas problemáticas, con las pocas herramientas disponibles. Fue tan valioso encontrar una posible solución, así cómo tener un oído atento.

Creo que se trata de valorizar, (en todo el sentido de la palabra, si pudiera ser económico también), los espacios de construcción que no son directos con el alumnado (como el espacio áulico). Especialmente pensábamos que es necesario que se pueda valorar los tiempos de reflexión entre colegas.

Son espacios que a veces terminan no existiendo o existiendo en un modo acotado como si fuera algo secundario, cuando debiera ser estructuración primaria de aquello que luego va a pasar en el territorio de lo áulico.

LA CHARLA FURTIVA

Durante el Congreso, los mismos docentes decían que estas jornadas eran muy necesarias, pero que les había costado instalarlas, porque no se ve como trabajo la actualización temática, la educación para el docente, ni el intercambio entre educadores. 

Yo he trabajado en escuelas tradicionales y siento que los espacios de comunicación entre adultos, en las escuelas, son furtivos. O sea, con el matecito, un poquito en el recreo, o en la sala de maestros, en algún encuentro casual, pero todo poquito.

Es un poco paradójico: estamos instaurando una supuesta socialización del niño, pero sin socializar entre adultos. En ese sentido es muy extraño saber que estamos solos en el aula, con las situaciones que atraviesan a veinte o cuarenta personitas.

Es casi como si se reprodujera algo de la maternidad: el tema de la madre sola criando a sus hijos, la docente sola sosteniendo a sus alumnos y sin mucha posibilidad de cotejar con las familias. Es como si fuera una especie de mandato de quien cría y educa: bancate la soledad.

LO QUE DERIVA: LA SALUD MENTAL

Este aislamiento en las aulas tiene que ver directamente con la salud. Lo demuestra la cantidad de carpetas psiquiátricas, fonoaudiológicas, carpetas de todos los colores que generalmente avanzan por épocas y que a veces reciben el rechazo desde el Estado. 

Otra vez hablemos de la salida furtiva. O sea, voy a descansar por lo menos tres meses, voy a intentar que me renueven la carpeta psiquiátrica. Y en realidad es una curita, porque por más que haya algo de descanso, estamos hablando de un déficit y cuando vuelve el docente, puede llegar a ser peor, porque todo sigue igual.

Claramente, da la sensación de que el docente no es cuidado en su salud mental ni física. Porque en el aula se dan temáticas complejas y es como una especie de batalla de emergencia tras emergencia y de curitas tras curitas, donde no hay resolución de tema y el docente se vuelve a la casa con todo eso… hasta que logra pedir una carpeta. Realmente hay circulando una situación grave, respecto de lo que es la integridad psicofísica de quien tiene a cargo un aula, que no está siendo vista.

«Es casi como si se reprodujera algo de la maternidad: el tema de la madre sola criando a sus hijos, la docente sola sosteniendo a sus alumnos y sin mucha posibilidad de cotejar con las familias».

Quizás la solución sea volver a plantear la función de los gabinetes psicopedagógicos, con una mirada integral y complementaria, que acompañe situaciones del aula e ir un poco más allá; otra opción puede ser plantear equipos de orientación para docentes, que promuevan el diálogo entre pares y entre trabajadores de la educación y la salud.

Y brindo otra idea, que es la que más me moviliza a pensar en una solución transversal: quizás se pueda articular con los estudiantes de los últimos años de carreras de salud, para armar voluntariados o pasantías semi-rentadas para hacer las instancias de residencias o tesis, que esto sea como un tejido de contención para el docente.

Es necesaria una red, en la que se puedan aportar perspectivas propias, dentro de una verdadera investigación de las situaciones del aula y sus potenciales soluciones, en pos de mejoras para la salud de todos los miembros del sistema.

ENTRE GUÍAS Y CONSTRUCCIÓN ASAMBLEARIA

En este encuentro en la escuela que hacia el Congreso, pudimos poner sobre la mesa los roles que tenemos en las aulas de la escuela tradicional y la institución Pesta, lo que nos permitió ver la diferencia y encontrar las similitudes de lo que nos atraviesa.

Primero, aclaro, voy a hablar de lo arquetípico: es esperable en esta sociedad que el docente de la escuela tradicional tenga un saber a entregar según una currícula o una guía de contenido, que viene construyéndose de otros lugares más piramidales.

En contraposición, tenemos los guías de las instituciones Pesta, que hacen un trabajo de observación de cada sujeto y de los grupos como organizaciones vivas. Esto incluye al mismo guía, como parte de ese grupo, tratando de ver cómo se mueve el panorama de intereses vitales, las cuestiones ideológicas e intragrupales y formas de ver la vida, cosmovisiones de los integrantes del aula.

Mientras que observamos en la escuela tradicional una estructura de un sistema complemente dado, en las Pesta tenemos una construcción del día a día o del mes a mes, en tanto contenidos y experiencias de aprendizaje, por así decirlo. Lo interesante es que esto se sincroniza con las etapas que están viviendo esos sujetos que aprenden en el aula y, casi siempre, encuentra temáticas comunes con las currículas de las escuelas tradicionales.

«Es necesaria una red, en la que se puedan aportar perspectivas propias, dentro de una verdadera investigación de las situaciones del aula y sus potenciales soluciones».

Por otra parte, el Pesta postula la asamblea un lugar de construcción, tanto entre personas que son guías y coordinadores, como con las familias, entre familias y con las infancias y los jóvenes, como si fuera el nido ideológico del cual después parten las operatividades y no al revés.

A ver, la realidad es que instalamos la asamblea como un modo de diálogo que empieza desde los más pequeños, para ejercitar la escucha del punto de vista del otro o de lo que el otro quiere expresar.

Por eso, el concepto que manejamos es trabajar el consenso como modo de llegar a decisiones colectivas: cuando los niños y niñas llegan al secundario, ya tienen un ejercicio de diálogo grupal, lo que promueve un ejercicio hacia la verdadera socialización consciente, donde entendemos que una ronda permite visibilizar quién es el otro y cómo es su perspectiva del mundo.

Mientras que, observo que la escuela tradicional tiende a tener las operatividades por encima de todo y sólo surge la necesidad de reunirse cuando hay problemas. De esta manera, se termina siempre produciendo soluciones sobre la urgencia, sin revisar lo que sucede de raíz. Como decía antes: son curitas sobre grandes heridas.

EXIGIR ESPACIO DE ESCUCHA Y HABLA

Es aquí donde vemos la urgencia de ese aislamiento de los docentes, por eso se exigen mucho los espacios de encuentro, primero entre pares y luego con las familias, porque incluso en las reuniones de madres (y padres) hay una estructura y no una construcción colectiva de las temáticas, de las necesidades.

Y estamos hablando de visibilizar y revisar lo que atraviesa a cada una de las familias que forma parte de la comunidad educativa, dialogar también sobre lo que les sucede a las niñeces y a las adolescencias, y reconocer lo que paso con el docente dentro del aula. Dialogar esto que nos sucede, compartirlo, encontrar una escucha activa comunitaria.

Volviendo al docente veo que no solamente está aislado en el aula, sino que no es una persona, es como el objeto docente, despersonalizado, sin historia, sin necesidades, ni familia propia.

Y así también, estamos viendo que en el aula se reproduce la situación y se despersonaliza a estas infancias que están perdidas entre grupos grandes, donde es difícil observarlas, reconocerlas. Lo que termina, finalmente, despersonalizando a la familia, tratándola en genérico, con soluciones y aprendizajes prefabricados.

«(…) el Pesta postula la asamblea un lugar de construcción, tanto entre personas que son guías y coordinadores, como con las familias, entre familias y con las infancias y los jóvenes, como si fuera el nido ideológico (…)»

Entonces, hablamos de proponer los espacios de encuentro, de construcción colectiva, de diálogo. Estas Jornadas Docentes deberían reproducirse a lo largo del año, para pensar el inicio de clases, a mitad de año promover otra de evaluación de situaciones y una final para cerrar el año, como parte de las actividades laborales. 

Porque una cosa que nos falta es que los docentes se autoempoderen como constructores de saberes, no como reproductores. Pero sabemos que hay un Estado por detrás y ahí nos surgen preguntas sobre cómo se abonan esas horas de encuentro que son parte del trabajo, cómo se construyen esos espacios, cómo se escucha (o no) al docente.

La realidad es que el docente ya tiene un montón de horas extras no abonadas, porque trabaja también fuera del aula y de la escuela. Sé que, entonces, exigirle quedarse 2 horas o 1 hora más a la salida de la jornada pareciera ser que es algo que puede llegar a ser rechazado por la planta de educadores, pero por ahí es hacer la propuesta y ver quiénes están interesados. 

Quizás sea posible fomentar un lugar de construcción de saberes, como mesas redondas o microgrupos que propongan temas y construyan comunidad, para mover poco a poco las formas de construir el saber colectivo.

*Coordinadora General de Wunjo – Docente, Teatrera, Terapeuta