La sincronía no es una técnica, es una forma de estar en el mundo. Desde el cuerpo, el juego y la experiencia, los saberes se entrelazan sin compartimentos estancos, en Wunjo proponemos volver a la organicidad como modo de aprendizaje, para que infancias, familias y guías puedan habitar el conocimiento.
En la columna anterior, “Si movemos el pizarrón, movemos el eje del aula”, compartí algunas ideas sobre cómo transformar el espacio escolar desde una mirada que habilite, que confíe, que escuche.
Hablamos de romper con la centralidad del pizarrón y del pupitre del docente, para pensar el aula como un territorio vivo, donde las infancias puedan investigar, proponer y marcar sus propios rumbos de aprendizaje.
Hoy quiero detenerme en una dimensión que aparece en un aula libre: la sincronía, esa trama que conecta saberes, cuerpos, emociones y contextos, y que requiere una disciplina distinta, más sensible, más presente. Porque cuando el guía deja de comandar y empieza a acompañar, surge una pregunta inevitable: ¿cómo hacer para ver realmente las conexiones que hay en el aula?
Quiero primero recordar que la sincronía es lo natural: todos somos seres sincrónicos y no debería vivirse como un esfuerzo, sino como un retorno a una forma de estar en el mundo. Para que eso ocurra, no se puede exigir sin ofrecer herramientas que nos ayuden a recordar (a los adultos) cómo volver a ser seres en sincronía.
También traigo un situación de la que hablábamos en la columna anterior: la articulación entre temas y materias que hoy propone la escuela tradicional, que me parece que es una intuición válida, ya que el conocimiento no tiene por qué estar fragmentado. Pero creo que si no se llega a una sincronía real, esa intuición queda incompleta.
Recalco, para que quede claro, esta cuestión que aparece en la escuela tradicional de juntar materias, es más bien una articulación, lo que sería como una bisagra: tiene un punto en común desde el cual algo se mueve, pero tiene esas dos partes diferenciadas y distanciadas.
La sincronía, en cambio, tiene más que ver con un telar, entramar, hilar, para ponerlo en términos gráficos. Lo sincrónico es una conexión natural que existe entre temáticas y formas de observación del mundo y no necesariamente aparece desde el aprendizaje formal, sino más bien en el territorio del aprendizaje experiencial y de la curiosidad de cada infancia.
Es por ello, que la teoría del aprendizaje sincrónico propone volver a un modo de aprendizaje que nos conecte. Desde mi profesión y mi experiencia en Instituto Wunjo, junto a los guías trabajamos esta teoría como parte de la enseñanza y aprendizaje comunitario que brindamos, por ser una escuela arteterapéutica basada en lo jungniano.
Lo que buscamos es cuidar que el ser no se desintegre, que se piense como un todo dentro de lo que es el sistema que habita, y no como un ser con una parte especializada y con otra parte que carece de conocimientos o habilidades.
Me explico: existe esta creencia de que hay naturalezas que responden a las ciencias frías (por así decirlo) y otras a las ciencias más humanísticas, a lo deportivo o a lo artístico, nos va subdividiendo en estereotipos humanos. Y esos estereotipos hacen que nos vayamos escindiendo, acorde a lo que se espera de cada uno.
Esto, desde lo psicológico, es sumamente enfermante, porque además tendemos a mirar con ojos de diferenciación, y a veces con una melancolía que no sabemos de dónde viene: es grave que yo no me pueda pensar integralmente.
De esta manera, consideramos que es importante para la educación del niño reconocer que puede ser muy competitivo jugando al vóley y, al mismo tiempo, explorar el color, la pintura, porque una cosa no va en detrimento de la otra.
Por ejemplo, es común en nuestro país que los varones que juegan bien al fútbol queden, por decirlo de algún modo, atados a esa posibilidad. Y su familia, totalmente obsesionados con que lleguen a ser exitosos en el fútbol, empieza a modificar el carácter de ese niño de tal manera que hasta le cuesta admitir que le gusta cantar o dibujar. Porque esas disciplinas están vistas como polares, y ese niño se lo va a reprimir.
Esto también tiene que ver con lo que Jung llama anima y animus: dos energías, una más activa y otra más pasiva, que pueden ser de defensa o de auto vulnerabilización. Si hay una identificación con una de ellas, la otra queda a la sombra y de esta manera quedamos totalmente particionados.
Trabajar las sincronías entre docentes
Supongamos que nos proponemos una investigación sincrónica entre una maestra del aula y un profesor de educación física. No se trata de que, de vez en cuando, el profesor enseñe anatomía a los niños, ni que la maestra explique cómo funciona la física del cuerpo, porque no es simplemente atravesar un conocimiento con otro.
La idea sería que el profesor de educación física se compenetre con la poética del aula, y que esa poética se impregne de la función física de jugar un partido. Es algo mucho más profundo. Pero siempre llegamos al mismo punto: los docentes tienen 40 pibes y nada de tiempo pago para reunirse a trabajar.
La sincronía todavía no está siendo vista en profundidad, no se contempla la cantidad de laburo que implica acceder a esa mirada, ya que nos corremos hacia otra forma de mirar el mundo, y eso no es tan simple.
Entonces, lo que estoy proponiendo parece casi un milagro: que se capacite a los docentes o que tengan espacios de diálogo para investigar en conjunto cómo hacer esta sincronía, cuál es su rol en el encuentro del aula, y que reconozcan que están parados en el mismo lugar como miembros de la humanidad. Suena loco pensarlo sin un Estado que reconozca esas horas de aprendizaje comunitario.
En este caso, Wunjo trabaja tratando de que sus guías (no somos maestros ni docentes) tengan primero la mirada impregnada de lo sincrónico, lo cual representa un enorme laburo porque incluye la escucha activa, la observación del aula, de los intereses individuales y reconocer los hilos que se entrelazan las niñeces cuando impulsan sus necesidades de aprendizajes.
Poniendo en práctica la sincronía
Un ejemplo que les puedo traer es el de los niños trabajando en asamblea, en ronda. Queremos ver de qué se trata fraccionar, entonces dibujamos en el suelo distintos tipos de geometrías, modos de dividir el círculo, y en esas geometrías jugamos a una especie de rayuela.
Ahí ingresa el ritmo, la mirada del otro, lo lúdico pleno. A partir de eso, hacemos mandalas con medidas y formas geométricas, los dibujamos en hojas que nos sirven de guía para luego trabajarlos en lo textil, creando mandalas con distintos colores y texturas. Desde esos tejidos, empezamos entre todos a generar un cuento.
La historia puede tener que ver con una abuela de nuestra Patagonia que se dedica a hacer mantas para los niños. Y si surge la palabra Patagonia (porque algún niño fue), empezamos a trabajar con distintas zonas, cómo son sus paisajes y quiénes fueron los primeros pueblos que la habitaron.
Esto que parece un ejemplo, en nuestra Escuela es una realidad. Creamos un recorrido natural que hilvana el guía junto con los niños y niñas. Es como ir mirando por dónde vamos e indagando el camino y el paisaje.
Y en ese caso, los niños ya vieron cómo relatar un cuento fantástico, cómo son los paisajes patagónicos, por qué se necesita una colcha, cómo son las temperaturas, cómo eran los pueblos que la habitaron y habitan, qué relación tenían con lo textil, cómo son las matemáticas y las fracciones. Todo eso está dentro de un mismo recorrido, por así decirlo.
Lo mismo pasa con las familias, que muchas veces en las reuniones comunitarias están esperando títulos de lo aprendido (porque estamos pensando en materias, especialidades, sectores) y creemos que dentro de un juego, un cuento o un mandala no hay actividad intelectual. Pero sí la hay, y mucha, desde un lugar donde los dos hemisferios trabajan juntos.
Lo que estamos haciendo ahora con los más grandes, a partir de cuarto grado en adelante, es proponerles todos los viernes hacer una bitácora dedicada al papá y a la mamá. Porque tienen otra forma de conceptualizar las cosas y necesitan la traducción. Hace falta escucha activa en las familias y en las escuelas para entender los aprendizajes sincrónicos.
Entonces, aquí me surge una pregunta: ¿cómo se acompaña a guías, adultos y familias que están desacostumbrados a esta mirada sincrónica? Lo cierto es que aquello que el cuerpo no vive es un concepto muerto en la cabeza.
Por eso, en general, invitamos a nuestros talleres pedagógicos a los papás y a las mamás. Aunque siempre nos atraviesa el tema del tiempo: la familia no logra involucrarse en la educación porque los adultos están afuera corriendo el mango. Muchas familias no pueden acceder a nuestros talleres, que es donde pasamos por el cuerpo lo sincrónico (esto es lo básico).
Para esos casos, podemos apelar a juegos simbólicos. Yo preparo unas fichas para que el adulto pueda empezar a trabajar la sincronía y después probar qué pasa con sus hijos (o alumnos, digamos).
En estas fichas propongo, por ejemplo, ir a ver un río e imaginar cómo se ve desde el cielo, qué forma tiene. Esa forma, que es curva, cómo se podría diferenciar de las calles que son rectas, y armar una combinación gráfica entre calles y el río.
Luego imaginar cómo era esto antes de que existieran las calles, pensar en un pueblo que vivía a orillas del río, qué tipo de comunicación tenía el río, qué tipo de comunicación tenemos ahora cuando pasamos por arriba en un puente con un colectivo. Comparar estos dos tipos de sociedades y después elaborar un cuento de un niño o de una mujer con un hombre que hace un salto en el tiempo, desaparecen todos los edificios y se encuentra con el río a solas, sin calles ni veredas.
En esas fichitas donde propongo este tipo de cosas hay una invitación al cuerpo a entrar en estos otros ritmos. Porque cuando habilitamos la sincronía, algo se acomoda. No es una fórmula, es una forma de mirar. Y esa mirada requiere tiempo, presencia, escucha activa. Cuando dejamos de pensar en compartimentos estancos, empezamos a ver que todo está entrelazado. Que el niño que canta también puede ser el que juega al fútbol. Que el adulto que enseña también puede aprender. Que el cuerpo también piensa. Que el pensamiento también baila. Creo que de eso se trata lo sincrónico: de volver a la organicidad como modo de aprendizaje.
